Mi reloj despertador emplumado

¿Son los pájaros carpinteros una peste o un regalo de la naturaleza?

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Mi reloj despertador emplumado

Este es mi amiguito de todas las mañanas, un pájaro carpintero de vientre rojo.

Jessica Fuenmayor

Este es mi amiguito de todas las mañanas, un pájaro carpintero de vientre rojo.

Algunas veces, uno puede aprender de las cositas que pasan en la vida. Recientemente me mudé de mi apartamento en el centro de Naples, a una casa en los Estates de Golden Gate. Habiendo vivido cuatro años en la ciudad, tuve que tolerar, a toda hora, el constante ulular de sirenas de ambulancias, de sirenas de patrullas de policía, y de vecinos del área que ponen el estéreo en sus autos a niveles revienta tímpanos para educar y compartir con sus otros vecinos, su excelente gusto musical. No sorprende pues, el que yo recibiera de muy buena gana el cambio de dirección, a pesar de que esto implicara treinta minutos de viaje (en vez de los cinco que me tomaba ir a mi trabajo), un aumento en mi consumo semanal de gasolina y por último, el tener que ajustar mi despertador una hora más temprano. Una noche de sueño, rodeada de la quietud y el silencio de la naturaleza hacía de poca o ninguna importancia, cualquiera de los inconvenientes anteriormente mencionados.

Mi primera noche fue extraña. Había pasado del caos citadino a la tranquilidad forestal y esto requiere un poco de ajuste. Dormí como un lirón. Sin embargo, la esperada larga mañana en la cama fue interrumpida por el picotear de un pájaro carpintero. Estas aves tienen un papel en la naturaleza (como lo tienen todas las criaturas). Eliminan escarabajos e insectos que son dañinos al bosque y que incluso pueden acabar con la vida de un árbol. Pero éste carpintero no estaba trabajando a favor del bosque picoteando un árbol. Estaba picoteando una parte de metal de mi casa. El ruido era como el rata-tata-tat de una metralleta. En ese momento sentí mucha curiosidad por descubrir al autor de semejante escándalo. Pero por más que lo intenté, no lo pude ver. “Bueno”, pensé, “quizás lo pueda ver en otra ocasión”.

No seguí pensando en mi vecino emplumado y seguí en mis faenas de arreglar mi nueva vivienda. Pero que sorpresa me llevé la segunda mañana en mi casa cuando mi “vecino” regresó a darme los buenos días en su manera tan particular. Pensé: “que casualidad... ¿será el mismo pájaro?”. De nuevo traté de descubrirlo pero no tuve éxito y me di por vencida regresando a desempacar y reorganizar mis pertenencias en mi nueva casa. La tercera mañana ocurrió lo mismo que en las dos anteriores y ésta vez, decidí ver qué hora marcaba el reloj. Siete de la mañana. Y a la cuarta mañana a las siete de la mañana se repitió la historia. Un mes mas tarde, y no pocas mañanas de sueño interrumpido, mi curiosidad se tornó en molestia. Ya no estaba interesada en descubrir al pajarito para ver cómo era... quería descubrirlo para acabar con él, especialmente las mañanas de los domingos. Incluso empecé a pedirle a mi esposo que buscara su escopeta porque este despertador emplumado ya me estaba volviendo loca.

Pero una mañana de tantas cambió mi actitud por completo. Finalmente pude descubrir al culpable picoteando la baranda de metal del balcón de mi recámara. Y después de mirarlo por largo rato, mi actitud cambió por completo. Ya no sentí ganas de que mi esposo acabara con el pajarito. Más bien, sentí gran curiosidad en identificar su especie, descubrir sus características, en fin, mi odio se transformó en compasión y asombro. Decidí entonces capturar en vídeo al pájaro en acción. A las 6:45 de la mañana del día siguiente abandoné el rico calor de mi cama (y el de mi esposo) y me senté frente a las puertas francesas del balcón de nuestra recámara, esperándolo. Y llegó puntual, pero no pude filmarlo en el primer intento porque de algún modo notaba mi presencia. Al cuarto intento lo pude filmar, y feliz, le mostré a mi esposo el vídeo de nuestro reloj despertador emplumado.

Luego me encendí mi computadora y empecé a “googlear” fotos de pájaros carpinteros a ver si reconocía la especie. Finalmente, con la foto que tomé y su canto peculiar —que ya me he aprendido de memoria— di con el nombre de su familia: Melanerpes carolinus o “carpintero de vientre rojo”.

Ahora que hemos sido “formalmente presentados” y he aprendido a tolerar su picoteo apreciando su belleza e inteligencia, me doy cuenta de algo muy interesante. No debí ser yo la ofendida con el picotear de mi amiguito. Más bien, nosotros somos quienes hemos invadido su espacio, y tenemos mil peculiaridades que estoy segura que no son del agrado de nuestros vecinitos. Pero tenemos que vivir juntos. Y no podemos esperar que todas las cosas sean cambiadas o eliminadas para satisfacer nuestro gusto particular, como lo es el picotear natural de un pájaro carpintero. ¿Deberíamos eliminar a estos animalitos por hacer lo que están programados a hacer sobre la egoísta base de que a nuestro parecer son una molestia?

Obviamente que no, y aquí en Estados Unidos ése es uno de los problemas de esta sociedad cosmopolita en la que vivimos. Habemos personas de todas las naciones y somos diferentes de muchas maneras: diferentes personalidades, color de piel, educación, lenguaje, opiniones, gustos… cada uno con su belleza y características únicas. ¿Podríamos ser más tolerantes con los demás? Ésa es una de las bases de esta nación. La diversidad es su fuerza, tal como se ve en la creación con los diferentes animales que pueblan el planeta y que cuya interrelación compone un sinfónico ecosistema.

¿Podremos lograr algún día una sinfonía humana en la que toleremos nuestras diferencias y nos demos cuenta que somos parte de la gran familia humana? Nuestro historial no ha sido ejemplar, pero quizás aun estemos a tiempo de aprender un poco de las “cositas que pasan en la vida”.

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