Cuando estudié política de Estados Unidos, entendí muy pronto por qué había tantos blancos demócratas en el sur. Castigaban a los republicanos del sur por asociación con Abraham Lincoln y la guerra civil.
Abraham Lincoln fue republicano y pasarían más de cien años después de la “Guerra contra la Agresión Norteña”, como muchos sureños todavía la llaman, antes de que decidieran que la mentalidad de “menos gobierno” del Partido Republicano era más merecedora de su lealtad.
Del mismo modo, muchos cubanos-americanos han adoptado la retórica contra el Partido Demócrata, tras el desastre de Bahía de Cochinos, hace casi medio siglo.
Aunque estoy de acuerdo con que el gobierno de Kennedy tiene una buena parte de responsabilidad por la mala planificación de la fracasada invasión, la mayoría de los exiliados cubanos (excepto unos pocos académicos y activistas que lamentablemente han sido calificados de “izquierdistas”) han estado renuentes a analizar críticamente el hecho histórico y a deconstruir las relaciones EEUU-Cuba, y más específicamente las relaciones entre EEUU y el exilio cubano.
Afectados emocionalmente por la pérdida de la patria y los seres queridos, los líderes de opinión de los primeros tiempos del exilio, en la década de 1960, con miopía dispusieron un panorama político escorado y una mentalidad de estrechez ideológica que, tristemente, todavía moldea las plataformas de muchos políticos locales. El cubano americano, como los sureños políticamente heridos después de la Guerra Civil, casi exclusivamente dieron su apoyo político al Partido Republicano, un partido que defiende causas que no necesariamente reflejen el sistema de creencias de los hispanos ni las necesidades cotidianas de los norteamericanos.
Admito que los demócratas, a lo largo del tiempo, no han hecho gran cosa por cortejar el voto cubano-americano. Sin embargo, al acercarnos a las elecciones de noviembre, me desconciertan algunas de las inflexibles posturas de derecha en algunos temas adoptados por los dos cubano-americanos que aspiran al Congreso: Marco Rubio para el Senado y David Rivera, que se postula contra otro cubano americano, Joe García, para representar el distrito 25 congresional en la Cámara de Representantes de EEUU.
Algunas posturas de Rubio y Rivera están más a la derecha que sus predecesores republicanos: la congresista Ileana Ros-Lehtinen, los congresistas Lincoln y Mario Díaz Balart y el ex senador Mel Martínez, un grupo que no describiría precisamente como liberales.
El discurso y el tono que he oído y leído en las campañas de Rubio y Rivera es inexplicable y no refleja a la mayoría de los cubano americanos que conozco. Quizá la triste realidad es que muchos cubanos americanos a los que me refiero, ese segmento demográfico más joven y más informado, no están acudiendo a votar.
Quizá si la mayoría cubano americana silenciosa, a menudo citada, conociera los temas por los que Rubio y Rivera están abogando y la forma en que ambos candidatos están trazando sus agendas, no serían tan apáticos ante la votación.
El marco del plan político de Rubio, “Ideas para Reclamar a Norteamérica”, repite el mismo lenguaje antiinmigrante y exclusivista utilizado por la derecha intolerante. ¿A quiénes exactamente Rubio les reclama Norteamérica? Se opone a cualquier amnistía para los inmigrantes ilegales bajo cualquier circunstancia, incluido el Dream Act, que proponía un camino hacia la ciudadanía para los inmigrantes ilegales que entraron en Estados Unidos de niños y obtendrían la legalización sirviendo por lo menos dos años en las fuerzas armadas o alcanzando un título con un mínimo de dos años en la universidad. Qué postura tan incoherente e irresponsable de Rubio, que es hijo de exiliados cubanos a quienes les permitieron entrar en Estados Unidos y disfrutar las libertades concedidas por esta nación.
No soy demócrata. Me he inscrito para votar “sin afiliación partidista” porque quiero que ambos partidos cortejen y me pidan mi voto. La comunidad cubano-americana saldría más beneficiada si considerara todas las partes en vez de seguir cediendo a viejas presiones políticas.
La pregunta que me resulta difícil responder es: si estas opiniones políticas limitadas y miopes son algo del pasado, como nos dicen muchas encuestas, ¿entonces por qué los políticos cubano-americanos jóvenes de Miami siguen buscando apoyo en los denominadores políticos menos comunes?
Lamentablemente, esa concesión a los puntos de vista de los electores de más edad todavía funciona porque los votantes cubano-americanos más jóvenes no están acudiendo a las urnas en cantidad suficiente para lograr un cambio.



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