Lo que se queda atrás

Todos los que hemos salidos de la tierra que nos vio nacer hemos dejado atrás mucho... tanto en los material como en lo sentimental.

Para muchos la pérdida mayor al emigrar de sus países ha sido su profesión. Cuántos médicos hispanos viven en los EE.UU. sin poder ejercer su profesión ni poder validar sus documentos académicos. Cuántos ingenieros, contadores certificados o abogados que realizan trabajos manuales por falta del idioma o certificación de sus carreras. Aunque soy de la opinión que los profesionales que decidieron emigrar tenían una idea de lo difícil que podría ser el cambio en este país y se preparan mentalmente para ello.

No obstante, existen otros tipos de pérdidas que son aun más dolorosas y que eventualmente aprendemos a superarlas para emprender esta nueva vida.

Muchos inmigrantes se han visto forzados a dejar atrás a sus padres, hermanos y en ocasiones, hasta a sus hijos, y ésto no es fácil. Dejar parte de la familia, amistades y a la gente que nos conoce desde nuestra infancia, nos crea un vacío muy grande, que ocasiones causa una enorme nostalgia. Extrañamos a estas personas con las cuales nos sentíamos totalmente identificados, y hasta protegidos.

Escucho decir con frecuencia, “las amistades de aquí no son como las de mi país, no he podido lograr tener la misma intimidad que tenía con las amistades de mi tierra”.

Al salir de nuestros países, también perdimos cosas que parecerán insignificante pero se extrañan: el sonido de nuestros pueblos, la voz del pregonero, el ruido del tren que pasaba cerca de nuestra casa, el sonido de la lluvia al caer encima de un techo de metal, la neblina de las mañanas, el olor a humedad de una tierra fértil o el de nuestras deliciosas frutas. Perdimos la opción de visitar las tumbas de los nuestros, de ver los paisajes de nuestros campos y las bellezas naturales que abrieron nuestros ojos y despertaron los sentidos por primera vez.

Ahora estamos aquí, con los ojos fijos y enfocados en las metas que nos hemos trazados para acelerar la adaptación. Entonces comenzamos a convertir nuestra mente en una calculadora humana, y cambiamos los ‘números’ por nuestros acostumbrados sonidos. Hasta escuchamos menos al corazón.

¿Cuál es el puntaje de crédito? ¿Cómo está la taza de interés? ¿Cuánto tiempo me falta para aplicar a la ciudadanía? ¿Cuántas horas he trabajado esta semana? ¿A cómo está el cambio de moneda? ¿Cuánto gano por hora? Memorizamos el número de la Green Card y el seguro social.

Estas interrogantes, junto a la agitación diaria, llegan a absorbernos y eventualmente, como fieles inmigrantes, le entregamos nuestras vidas al contador de número más exigente, “el reloj”. Decidimos adaptarnos a los EE.UU. y parte de esto es llegar a tiempo a las citas, ser más pragmáticos y colocar un calendario en la nevara para planificar todo con anticipación.

Ya no somos cubanos, venezolanos o colombianos. Ahora estamos todos bajo un mismo gentilicio: “hispanos” o “latinos”.

Tengo un profundo sentimientos por este país, pero estoy convencido que como inmigrantes perdemos parte de nuestra esencia y dejamos atrás recuerdos que llevaremos por siempre en nuestros corazones.

© 2010 Vista Semanal. All rights reserved. This material may not be published, broadcast, rewritten or redistributed.

  • Enviar
  • Comentar
  • Compartir
  • Imprimir

Comentarios » 0

¡Sea el primero en escribir un comentario!

Comparta sus pensamientos

Los comentarios son de exclusiva responsabilidad de la persona que publica ellos. Usted está de acuerdo en no publicar comentarios que son fuera del tema, difamatorio, obsceno, abusivo, amenazador o una invasión de la privacidad. Los infractores pueden ser prohibidos. Haga clic aquí para ver nuestro acuerdo de usuario completo.

Los comentarios pueden ser compartidos en Facebook y Yahoo!. Añadir las dos opciones mediante la conexión de sus perfiles..

Destacados