Columnista Dania Ferro: Los sueños no se regalan

La autora cubana Dania Ferro posa con su nuevo libro 'Relatos de la Mrs López'. Foto cortesía

La autora cubana Dania Ferro posa con su nuevo libro "Relatos de la Mrs López". Foto cortesía

El año 2006 comenzaba y con él me iniciaba yo trabajando como cajera en una tienda de ropa de segunda mano. Ganaba solo unos centavos más que el sueldo mínimo establecido en aquel momento — unos $7.15 por hora. Recuerdo que había sacado un carro del 2005, un Lincon Aviator nuevo, con asientos de cuero, color metálico, parecía una nave espacial. Fue mi primer carro. El sueldo que ganaba solo me alcanzaba para pagar el carro y el seguro y para nada más. En casa todos pagaban las cuentas y nunca me exigían nada, se conformaban con que tuviera trabajo, pagara mi carro, no me mezclara con malas amistades de esas que usan drogas y que no desistiera de la idea de ser una escritora, ya que hacía más de un año que escribía también artículos de opinión para uno de los periódicos hispanos que circulaban en aquel entonces, Gaceta Tropical en Fort Myers y Nuevos Ecos de Naples, donde empezaban a aparecer poemas míos en una sección que se llamaba: “El rincón de la poesía”, que el señor Euro Brito (editor de ese periódico en aquel momento) tuvo la amabilidad de confiarme. Todos los artículos y poemas salían bajo mi firma y con una fotografía de mi joven imagen. Tenía en aquel entonces 21 años llenos de sueños.

En todo ese tiempo que trabajé en aquella tienda —no fue mucho, por cierto, no llegué ni siquiera a cumplir un año—, me la pasaba pensando siempre en bibliotecas reconocidas, en presentaciones de libros importantes, en lectores siguiendo mis libros por todo el mundo, en las traducciones de mis libros a muchísimos idiomas, en todas esas historias que vivían en mi cabeza y que yo necesitaba darles vida, forma, momento, hora y lugar; pensaba en esas madrugadas que quería para escribir, pensaba en esos micrófonos desde los que agradecía a todos por leerme, pensaba en autógrafos… en muchos autógrafos. Cuando iba a almorzar con las demás mujeres compañeras de trabajo, firmaba servilletas y les decía con ojos seguros y llorosos: “Guárdenla de recuerdo, porque un día seré una gran escritora y pasaré por aquí a saludarlas y les regalaré mis libros solo a los que muestren esta servilleta firmada”.

¡Claro! La mayoría se reían de mí y comentaban: “esta niña si está loca; todos los días firma una docena de servilletas y las reparte como si ella ya fuera escritora; o como si de verdad ya hubiera publicado todos esos libros...”.

En la tienda trabajaban más de 2000 empleados. Yo averiguaba el nombre de cada uno de ellos y cada día a la hora del almuerzo firmaba unas 50 servilletas y las iba repartiendo. Las servilletas tenían el nombre y apellido de la persona, mi firma gigante y una nota pequeña. Me aseguré de que nadie se quedara sin recibir una. Cuando solo faltaban tres personas, la manager; Lola, una amiga, y Ramón el que trabajaba en el almacén, una señora se quejó con la gerencia diciéndole: “Usted debería regañar a esa niña loca que usa las servilletas de la compañía para escribirlas y las reparte como si eso no costara nada, o como si ella fuera la dueña. Hasta nos hemos quedado en más de una ocasión sin poder usarlas porque cuando vamos resulta que ya se acabaron”.

Al día siguiente la manager me llamó a su oficina por un teléfono altoparlante que había en la tienda al que todos le temía, porque se decía que cuando la jefa te llamaba a su oficina con nombre y apellido por ese teléfono era que las cosas no andaban bien y seguramente te iban a despedir.

Cuando entré en su oficina habló bajito y sin rodeos: “Me han dado quejas que mal usas las servilletas de la compañía, que les escribes tu nombre y las repartes como si fueran autógrafos. Aquí se viene a trabajar y no a perder el tiempo. ¿Entendiste?”, preguntó muy seria. “Sí señora”, respondí.

Ese día lloré muchísimo y almorcé sola. Ya no confiaba en nadie de la tienda y sentí unos deseos inmensos de largarme de allí de una vez y para siempre. Pero necesitaba el dinero para seguir pagando aquel carro tan nuevo, pero tan caro…

Esa noche revisé todo los artículos y poemas que ya había publicado —tenía más de 65 poemas publicados y más de 100 historias— y tomé una decisión...

Al otro día llegué al trabajo con tres servilletas autografiadas, mi última entrega: Una para la manager, otra para mi amiga Lola, la argentina que limpiaba el piso, y otra para Ramón, el peruano que trabajaba en el almacén. Entré a la oficina de Kate y le dije: Vengo a renunciar y le he traído ésto de mi casa para despedirme de usted. Kate miró la servilleta con mucha risa, la tiró sobre la mesa sin verla, me extendió los papeles para que firmara la renuncia, me entregó mi último cheque y no hizo ningún comentario. Ese mismo día también matriculé en Hodges University, entregué el Lincon Aviador y me compré el carro que uso desde entonces —un carro barato que me liberó del verdugo que me mantenía esclavizaba en un trabajo que detestaba.

Comencé a escribir para muchas editoriales, no hubo ni una sola interesada. Un libro de 65 poemas de una chica que no salía en televisión y que nadie conocía —salvo 40 o 50 personas que leían un periódico tampoco muy conocido en un pueblo aún más desconocido, Fort Myers, no, no era buena idea. Las editoriales no veían nada productivo, ni ventajoso en publicar ese libro. No, no y no eran las respuestas.

No niego que me desanimé un poco, pero nunca llegué a renunciar por completo a la idea de publicar mis libros. En el 2008 comencé a escribir para Vista Semanal y en el 2009 motivada por mi abuela llegué a escribirle una carta a la periodista y famosa presentadora de Univision Cristina Saralegui. A ella le conté de mis ganas de publicar mi primer libro y a los tres meses me respondieron, con una carta en la que me invitaban a participar en el programa “El show de los sueños”. Ahí, públicamente en cadena nacional, me presentaron como escritora y ellos me regalaron los primeros 300 ejemplares impresos de mi primer libro: “Diálogo con mi corazón”. Univision incluyó en mi regalo una campaña promocional en su website por un año. Estuve en varios programas hispanos importantes a nivel nacional y luego viajé a Venezuela donde promocioné mi libro por un mes.

Cuando regresé de mi viaje volví a la tienda donde trabajaba con varios libros en una bolsa. Algunos me recordaron y salieron a mi encuentro; habían visto en televisión que logré publicar mi primer libro, lo leyeron en varias revistas y periódicos y se acercaron a felicitarme. Yo les preguntaba a todos si habían conservado la servilleta, ninguno parecía prestar atención, ni mucho menos acordarse. Entonces llegó Kate y regañó a todos por la distracción, les ordenó regresar a sus puestos y en cuanto todos nos dejaron solos, me dijo: “Entonces, ¿vienes a regalarme tu libro?” Yo le pregunté por la servilleta. “Yo la voté, que iba yo a conservar aquello ni a creer que tú llegarías a publicar. Y ahora no te hagas muchas ilusiones, porque una cosa es publicar un ‘librito’ y otra cosa es seguir publicando o que la gente te lea”.

“Bueno, si quieres mi libro tendrás que comprarlo”, le dije sonriendo. “Son 12.99 porque los sueños no se regalan...”

Iba saliendo de la tienda cuando mi amiga Lola se acercó llorando y con un gran abrazo me dijo: “Dania yo siempre supe que lo ibas a conseguir”… y metiendo sus manos en su cartera sacó de su monedero la servilleta que hacía tres años yo le había regalado. Estaba estrujada, amarillenta y gastada pero todavía se podía ver mi firma y aquella nota que decía: “¡Consérvala si crees que los sueños sí se hacen realidad!

Saqué un libro de mi bolsa y le dije: “Lola, te regalo en esta Navidad mi primer libro.

Nota de la Autora:

Ya Lola no trabaja limpiando piso en este país, se compró una finca en Argentina y desde allá me escribe lindos correos en los que me pide que no desista y siga mirando siempre arriba… Kate no ha dejado de ser la manager en la misma tienda de ropa de segunda mano. Yo ya publiqué mi segundo libro y trabajo haciendo notas de opinión para Vista Semanal, una publicación del Naples Daily News.

Para este nuevo año este es mi consejo: Tomen las cosas de quienes vengan, descubran su propósito en la vida y no dejen de trabajar en él…

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Comentarios » 7

JulioLopez writes:

Esta anécdota es de mis favoritas! Siempre me ha gustado mucho cuando dices. No! Los sueños no se regalan!

DaniaFerro writes:

Gracias mi Jico por leerla y por comentarlas siempre!

eduravi writes:

Porque me haces llorar, acabo de leer tu columna en VISTA SEMANAL y mis lagrimitas aun están allí rodando por mis mejillas, yo quiero una servilleta, yo tendré tu libro autografiado y seré inmensamente feliz y gritare por todo PERU, que tu eres mi amiga mi buena amiga GRACIAS DANIA, no te rindas, no decaigas pronto tus libros estarán en otros idiomas no dejes de soñar, te quiero mucho. ERES LA MEJOR.

eduravi writes:

Acabo de hacer que lea la columna, la mamá de mi hija, no le gusta leer, pero lo leyo y le gusto!! eres un éxito!!

robertotoscani#257480 writes:

Los sueños no se regalan, se comparten. Usare la servilleta con tu firma como señalador del libro y como recordatorio que, a los sueños hay que ayudarlos con la pasión del esfuerzo para alcanzarlos y compartirlos,
pero no regalarlos.....

joenni writes:

jejejej que bueno amiga que pudistes claro que si se puede y mas cuando la persona es buena,pero mas cuando el empeño es tan grande asi como el tuyo pero maaaas cuan hay lo que se nesecita mucha inteligencia,dios te bendiga amiga y que para este año 2013.puedas escribir muchos mas libro solo pidele fuerzas que las letras las pone tu jejejej se te quiere.

greitygr writes:

Querida Dania, me siento orgullosa de ser parte de tus sueños, los cuales, para fortuna de la belleza, (pues soñar es también una manera de ser más bellos), no dejan de brotar en ti. Ten la certeza que en este 2013 que se avecina tus sueños se multiplicarán, así como la realización de todos, y yo estaré ahí para aplaudirte en primera fila. Esta columna que has escrito es una muestra excelente de como el talento y las ganas barren siempre con los lastres de la mediocridad humana. Abrazos y éxitos, Greity.

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