DANIA FERRO: Mi primer día en McDonald’s

Dania Ferro autora de 'Diálogo con mi corazón'

Dania Ferro autora de "Diálogo con mi corazón"

Yo quería trabajar. Necesitaba ayudar a mi familia con los gastos de la casa. Yo deseaba comprarle flores a Fefa, la anciana indocumentada que vendía rosas en la calle. Me urgía enviarle dinero a mi familia en Cuba. Ansiaba donar al menos 20 dólares a una de esas fundaciones que ayudan con la educación de niños de Latinoamérica. Soñaba con reunir dinero y poder construir un comedor público que ofreciera comida a los necesitados. Ambicionaba acumular una cantidad de dinero razonable para regalarle a mi abuela un pasaje a Europa —siempre le he temido a la idea de que muera con la ilusión incumplida de conocer Madrid.

Yo nunca he necesitado mucho para mí. Nunca he tenido buen gusto para escoger ropa, ni me ha importado vestir bien, ni recuerdo cuáles son las marcas de diseñadores famosos. Quizás, podría listar entre mis mayores “ambiciones” tener un carro barato que me lleve al trabajo; poder comprar buenos libros; o tener una computadora para intercambiar mensajes con los muchos amigos que están lejos.

La verdad es que quería trabajar. Ya había aprendido un ‘poco’ de inglés en la escuela porque viviendo en Fort Myers —en un vecindario repleto de gringos de campo, en su mayoría racistas, de los llamados cuellos rojos (redneck) — con muy pocos restaurantes latinos, dos emisoras de radio hispanas y solo un periódico semanal hispano, sabía que no llegaría muy lejos con mi español (pero luchaba por mis aspiraciones.)

Así llegué un día al McDonald’s de la Colonial, recomendada por una amiga, en busca de empleo. En Fort Myers hay muchos McDonald’s pero, a ese en particular, le tengo un cariño especial. Fue el primer lugar que visité la madrugada del 2004 que llegué a Fort Myers. Fui invitada por Juan Ramón, el nieto de Esperanza.

Laura, mi amiga, habló con John, el gerente, para que me dieran una aplicación y me ayudó a llenarla. Yo me sentía perdida y nerviosa, y aún más ante las miradas y palabras de John (nombre ficticio) que mostraba demasiada admiración por “mi porte de latina”. Me preguntó si hablaba inglés, y le respondí bajito y con mucho miedo: “a lite bit”... El respondió en inglés: “¡Genial! Yo también hablo un poco de español”.

Regresé a los pocos días a petición de Omar. Él me hizo una llamada a casa —que por suerte atendió mi hermano Jans porque no creo que yo hubiera sabido que contestarle. Al llegar, me saludó (en inglés) con la emoción de un adolescente ante el reencuentro de la chica que le gusta, no como el gerente de una compañía.

Había estado aprendiendo de memoria algunas frases importantes en inglés. Llegué bien vestida y puntual —algo que los americanos agradecen. No lo dejé ni hablar. Lo saludé de manera segura, lo miré a los ojos y le recité un pequeño resumen de mi vida y de por qué estaba yo allí (y las ganas que tenía de trabajar en esa compañía). ¡Ah! También me disculpé por mi “acento” o mala pronunciación y concluí mi discurso con una sonrisa.

Creo que no lo dejé pensar mucho; creo que le parecí simpática; creo que le gustaban las chicas jóvenes, atrevidas, decididas y valientes. Clavó sus ojos azules en los míos y me dijo apacible: ¡tienes el trabajo! (Esto último lo entendí perfectamente ya había practicado las posibles respuestas desde la noche anterior...)

Al día siguiente me puso en las manos un uniforme —cuatro tallas mayor que la mía— y me ofreció una sonrisa de conformidad cuando volví con el uniforme puesto.

No aguanté un día completo en aquella cocina friendo papas y preparando hamburguesas. Ni por la amabilidad de los compañeros, ni por la bella mirada de ojos azules de Omar que prometía todo... Nunca llegué a preparar del todo bien las hamburguesas, se me quemaban las papas, era demasiado lenta para las órdenes, me distraía con el comentario de un cliente, con la cara bonita de los niños… y si identificaba a un latino me ponía a preguntarles de dónde eran, cuándo habían llegado, si les gustaba este país... Definitivamente, ¡No pude! ¡No quise!

Esto no era para mí y no tuve ganas de seguir intentándolo.

Le agradecí a Omar la oportunidad, devolví el uniforme y me fui a casa pensando en que un día escribiría esta historia…

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Comentarios » 1

Magician writes:

Ja ja ja ja ja ja.... me ha tocado bien de cerca esta historia, no tengo dudas de lo sencila, humilde y especial que es la escritora, su natural descripcion llena mas que cualquier hamburguesa de McDonald's, gracias!

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