DANIA FERRO: La primera vez amarrada a sus memorias - Parte II

Dania Ferro autora de 'Diálogo con mi corazón'

Dania Ferro autora de "Diálogo con mi corazón"

Para leer la primera parte de la historia puede visitar: http://www.vistasemanal.com/news/2012/feb/28/dania-ferro-por-primera-vez-amarrada-a-sus-memoria/

La habían invitado esa noche a una pequeña reunión. Fue sola, a pesar de que le advirtieron que debía llegar con alguna amiga. Marlon la recibió en la puerta con un abrazo y le presentó a sus padres diciéndo:

— Te presento a los viejos más buenos y lindos que ha dado San Cristóbal.

— ¡Oh! ¿Son de San Cristóbal? Preguntó Mailet en voz alta con más excitación que dudas…

— Sí, somos orgullosamente de San Cristóbal. Y otra vez resonaba en sus oídos el nombre del pueblo de Pinar del Río, ese nombre que la llenaba de escalofríos y recuerdos...

— ¿Y tú, también naciste allá? Preguntó la mamá de su amigo casi segura que la emoción que expresaban sus ojos debía estar justificada o relacionada con el hecho de que fueran paisanas.

— No, yo no soy de su pueblo, pero tuve el placer de conocerlo hace años y es bonito y me gustó mucho. Dijo Mailet, mientras recordaba que después de aquella primera noche en la que eligió regalarle a él su virginidad.

Después de aquella primera vez, ya para siempre amarrada a sus memorias; ella lo había acompañado a la terminal de ómnibus la mañana siguiente. Caminó muy despacio de regreso a la universidad, como si no quisiera llegar nunca, como si estuviera pensando regresar y huir con él, seguirlo hasta su muerte, no dejarlo escapar así, sin ningún compromiso, sin ninguna esperanza.

Se sentía estúpida al haberse negado cuando él preguntó si querían ser novios. En el fondo, sí lo deseaba con todas sus fuerzas, pero tenía miedo enamorarse, tenía miedo de que se estuviera burlando de ella. De pronto, sintió unas manos que la aprisionaban, que no la dejaban avanzar, la abrazaban con fuerza, no llegó a sentir miedo, ni a gritar, ni le hizo falta voltear para reconocer que era su olor. Era él hablándole al oído: “¡No me pude ir! Quiero pasarme todo este día contigo…”

Fueron horas distintas, se besaron, rieron juntos, caminaron tomados de las manos. Él pidió volverla a ver, ella volvió a negar cualquier posibilidad de creerlo suyo, de poder sentirse feliz, dependiente. Verlo solo una vez en su vida (o dos veces) ayudaría a olvidarlo fácil y rápidamente. Quizás, también quería asegurase de que él la recordara como “la chica indiferente a su belleza”… rara, loca, distinta, y hasta fría y desinteresada…

Miguel regresó a la semana siguiente. Mailet sintió un espasmo en sus piernas cuando lo vio, pero lo disimuló. Se abrazaron, salieron a caminar juntos, hablaron de muchas cosas.

Se volvieron a encontrar en dos ocasiones más; pero ella siempre se negaba a quedarse con él, como mismo lo había hecho aquella primera vez.

Tres años después, no lo había vuelto a ver… Y unas semanas antes de que ella abandonara el país, recuerda como se subió a un bus con unos cirqueros que llegaron a Pinar del Río. Se hizo amiga de ellos enseguida y luego les pidió acompañarlos en su último recorrido que tenían como destino, justamente, ese, el municipio San Cristóbal. Ellos aceptaron alagados.

A ella no le interesaba la función que pudieran ellos allí ofrecer, lo único que pretendía era encontrarse otra vez con él. Caminó de un extremo a otro por toda la carpa saturada de personas atentas al espectáculo. Sus ojos pasaron de rostro en rostro, se le gastaron buscándolo. Le preguntó a medio pueblo, pero no hubo ni uno solo que procurara darle alguna información.

Pasaron todos a la terraza y se acomodaron en unas sillas blancas plásticas.

Había más de 12 personas reunidas en aquella casa, observó Mailet enseguida. ¿Serían todas de San Cristóbal? ¿Les preguntaría a todos por él?

Habían pasado ya 10 años. Cada año lo había buscado con más desesperación. No se había perdido ni una sola fiesta en Miami de los municipios, y aunque ella era de Consolación del Sur, no faltaba nunca a la reunión del municipio que le robaba todos sus sueños, preguntándoles a todos si sabían de alguien que se llamara así. Nadie parecía interesado en ayudarla, nadie parecía saber. Había regresado en tres ocasiones a Cuba, lo había buscado en ese pueblo al que dijo que pertenecía. ¡Fueron todas búsquedas sin éxitos! También lo buscó en todas las redes sociales sin resultados.

¿Se habría enamorado de un chico del que no sabía exactamente nada? Ya estaba harta de buscarlo, harta de pensar en él, de recordarlo. En ocasiones dudaba que fuera aquel nombre real, ya no creía que fuera de aquel supuesto pueblo del que le habló tantas veces —al San Cristóbal que ella se había atrevido a ir a buscarlo ilusionada con los cirqueros y al que había ido tres veces estando de vacaciones en Cuba.

Ya no quería estar en aquella fiesta rodeada de personas que se lo recordaban a cada instante. Se levantó de la silla y estaba abriendo la puerta para irse — sin ánimos de despedirse— y vio a un señor de mediana edad sentado en un sofá.

Le parecía serio en extremo, o muy triste… Dudó en romper su silencio pero no pudo evitarlo…

— ¿Usted es de San Cristóbal?

— Sí - Respondió casi sin mirarla.

— ¿Se siente bien? Preguntó ella.

— ¡No! Extraño mucho a mi hijo.

— Pues ya tampoco me siento bien, por eso me voy. Llevo años buscando a un muchacho de San Cristóbal y no lo encuentro.

— ¿Y cómo se llama el chico que buscas? _ preguntó interesado pero sin levantar la vista. Mailet pensó por un momento que era ciego.

— Miguel, se llama Miguel García Moreno.

— Ese es mi hijo, dijo el hombre levantando la cabeza. La miró sonriente y le dijo: Mi hijo está en Cuba haciendo los trámites para venir.

Entonces a Mailet las dudas la tomaron por asalto… Nadie encuentra a alguien así de fácil, ni la vida es una telenovela... ¿Estaría loco el viejo? ¿Un mentiroso divertido? ¿Borracho?..

—A ver, descríbeme a Miguel, dijo Mailet dudando, pero con muchos deseos en el fondo de que estuviera diciendo la verdad.

— No tengo que describírtelo, puedo mostrarte su foto, la tengo en la billetera.

— ¡Oh my God! ¡Es él! -gritó Mailet con tanta fuerza que sus amigos pararon la música, salieron de la piscina, y no la dejaron ir hasta que ella no contó quién había sido Miguel en su vida...

Mailet mantuvo el contacto con el papá de Miguel. Dos años más tarde, Miguel y Mailet se reencuentran…

Continuará...

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