Primera ciudadana americana de la familia

Sometida por Dania Ferro, Tampa, Florida, 15 de agosto 2013.

Dania Ferro

Sometida por Dania Ferro, Tampa, Florida, 15 de agosto 2013.

Dania Ferro, autora del poemario 'Dialogo con mi corazón' publicado en 2009, y 'Relatos de la Mrs López', publicado en octubre de 2012 por La Pereza Ediciones. Dania Ferro escribe para Vista Semanal desde el año 2007 y ha colaborado con revistas y otras relevantes publicaciones de la Florida.

Dania Ferro, autora del poemario "Dialogo con mi corazón" publicado en 2009, y "Relatos de la Mrs López", publicado en octubre de 2012 por La Pereza Ediciones. Dania Ferro escribe para Vista Semanal desde el año 2007 y ha colaborado con revistas y otras relevantes publicaciones de la Florida.

Después de casi diez años, he logrado al fin ser ciudadana del país en el que siempre anheló mi abuela que yo creciera. Y como suele sucederme, no ha sido una simple ceremonia…

Me hice ciudadana americana el 13 de agosto del año 2013, el día del cumpleaños de Fidel Castro — simple casualidad— y no cualquier 13, Martes 13. La ceremonia fue en Tampa, ciudad donde el héroe nacional de Cuba, José Martí (uno de mis escritores favoritos además) pronunciara su histórico primer discurso conocido como: “Con todos y para el bien de todos”.

Un día antes de la ceremonia de ciudadanía me encontraba en Miami — la conocida capital del sol y adonde me mudé en junio — así que nos tocó recorrer más de 250 millas por carretera y digo “nos” porque no fui sola, el señor López me acompañó todo el tiempo. Hicimos escala en Fort Myers, por supuesto. Fort Myers es la ciudad donde reside mi familia y en la que yo había vivido por elección desde que llegué de Cuba, en el año 2004. Esa noche escogí dormir con mi abuela; ambas fuimos cómplices del abandono de nuestros hombres para dedicarnos nuestro acostumbrado afecto. Nos entregamos a un recordatorio que duró hasta pasada las 3 de la madrugada. Charlábamos en voz baja y nos reíamos recordando cuando yo tenía 9 años y habíamos viajado juntas en barco desde el puerto pesquero de La Coloma, Pinar del Río, hasta la Isla de la juventud (al suroeste de Cuba) donde nos embarcaríamos en una lancha rápida que nos sacaría del país. Pero en esa ocasión terminamos quedándonos, porque le tuvimos más miedo al mar que a la dictadura.

Luego recordamos con humor muchos otros intentos que hicimos para escapar y llegar al país de la libertad, mientras mi abuela repetía: “¡hay mi niña, ya estás a solo unas horas de convertirte en la primera ciudadana americana de la familia”! Esa noche soñé con un respetado pasaporte americano con el cual podía entrar y salir en cualquier lugar del mundo, ¡y me sentí dichosa y agradecida por eso!

Despertamos temprano, el despertador sonó sin problemas y a su debido tiempo. Me vestí entusiasmada con lo que yo consideré (no sé si tan elegante) como adecuado para la ocasión. Tomé solamente leche. Sentía un salto en el estómago, de esos que mezcla emoción y nerviosismo. En la puerta me despidieron todos satisfechos: mi madre, mis abuelos y mi hijo, que increíblemente en esa oportunidad no lloró porque me marchaba sin él. Gabriel un niño de casi tres años que habla poco, dijo sonriendo: ¡Bye Mami! Debo ser honesta, ¡me sentí afortunada!

Sometida por Dania Ferro, Tampa, Florida, 15 de agosto 2013.

Dania Ferro

Sometida por Dania Ferro, Tampa, Florida, 15 de agosto 2013.

Las siguientes dos horas de camino de Fort Myers a Tampa no transcurrieron silenciosas, por el contrario, no hubo una sola canción de cualquiera emisora de radio sintonizada que yo no tarareara; creo que iba rompiéndole los oídos al conductor López. Lamentablemente mi regocijo se comportó demasiado egoísta y no reparó esos otros detalles.

Me sentía como la niña huérfana que han adoptado unos padres muy ricos y generosos, que luego de prolongados trámites legales, un gran papeleo y una vasta espera, va en camino en una gran limosina hacia la descomunal mansión de sus nuevos padres. Era mi momento, había llegado por fin mi día.

Puedo decir que llegamos sobradamente puntuales, dos horas antes. Una hora la aproveché para maquillarme. Me arreglé en el auto y esta vez no me quejé porque fueran tan pequeños los espejitos de la visera del para sol de estos — es que siempre he pensado que los hombres que fabrican los automóviles deberían pensar más en las necesidades de la mujer moderna. La otra hora restante nos tocó esperar calmadamente ya adentro, por el evento.

La ceremonia comenzó a la 1:00 en punto —primera lección para los que estábamos a punto de convertirnos en ciudadanos americanos, en esta cultura más vale respetar las citas y los horarios de manera precisa y formal— duró una hora aproximadamente. El salón era espacioso y estaba impecablemente organizado. Las sillas del centro las ocuparían posteriormente personas de más de 30 nacionalidades diferentes que ese día estaban allí para recibir su certificado de ciudadanía. Otros asientos colocados por ambos lados, pero separadas de las sillas del medio, fueron destinados a familiares y acompañantes. La actividad comienza con un video de presentación donde se muestran personajes importantes de América y se canta el himno de Estados Unidos: “The Star Spangled Banner”. Luego van mencionando todos los países y los candidatos a ciudadanos comienzan a ponerse de pie a medida que van escuchando su país de origen.

Mentiría si les dijera que no me conmoví cuando mencionaron a mí amada Cuba, fue un momento más que de patriotismo, de angustia. Sentí como si estuvieran diciendo “la hija biológica de Cuba ha sido adoptada y pasa ahora a ser hija legítima de USA, que se ponga de pie”. Me levanté con lágrimas en los ojos, ahora con un sentimiento mezclado entre la gratitud y el dolor que ya nada tenía que ver con la alegría de una niña que viaja en limosina para la mansión de unos padres adoptivos ricos; sino que ahora contemplaba con cierta turbación “a esa madre” que no me protegió lo suficiente, que me limitó, que me descuidó, que no luchó por mis derechos, que me colmó de hambre y de miserias, que no me dejaba expresarme libremente, que me subestimó tantas veces, que nunca logró conocer mis necesidades reales, que me abandonó a mi suerte… pero que contradictoriamente, todavía amaba…

El mensaje del presidente Barack Obama a través de un video fue un momento emotivo y me sacó del trance. La canción de Dios Bendiga América hizo llorar a todos los presentes. Luego el juramento de la bandera que consiste en jurar lealtad a la bandera y a la República, la cual representa una nación bajo Dios con libertad y justicia para todos. Luego el juramento de fidelidad —que no es más que la renuncia absoluta y enteramente a cualquier país extranjero, príncipe, estado o soberanía de los cuales hayamos sido antes ciudadanos. Juramos además apoyar y defender la Constitución y las leyes de los Estados Unidos y los enemigos que existan extranjeros y nacionales; y a tenerle fe y lealtad a la Constitución. Juramos estar dispuestos a defender con armas a los Estados Unidos cuando la ley lo requiera y juramos hacer trabajos de importancia bajo la dirección civil cuando la ley lo requiera. Y al final todos decimos: “¡Dios ayúdame!”.

Y seguidamente nos entregaron un sobre amarillo —como cuando gané la lotería de visas en Cuba—adentro encontré una pequeña bandera americana, dos libros, uno pequeño con las 27 enmiendas, y otro que lleva por título: “We the people” donde puedes leer los documentos fundamentales, los símbolos, y los himnos de Estados Unidos. Además, información importante sobre tus derechos y tus responsabilidades: mis derechos eran 7 y mis responsabilidades eran 10, eso fue lo que alcancé a leer en ese instante “por arribita”. Te ofrecen una guía para votar en las elecciones federales y otras recomendaciones para aplicar para el pasaporte, el seguro social, entre otras cosas.

Finalmente, tuve en mis manos el certificado de ciudadanía, y busqué con la mirada al Señor López, él tenía sus ojos fijos en mí y tomaba fotos atrapando cada momento y detalle; lo distinguí emocionado entre la multitud; me hizo señas para que observara mi celular, que aguardaba dentro de mi bolso, en silencio. Tenía un mensaje que decía: No te preocupes, este es un gran país, vas a estar bien aquí, ¡te lo aseguro!

Enjugué mis lágrimas de exaltación y recordé el largo camino para llegar hasta aquí… examen, conocimiento cívico, historia de este país, una difícil entrevista con una afroamericana… Sonreí orgullosa y una rara felicidad echó todo remordimiento fuera de mí… ¡Soy una ciudadana americana orgullosa!

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