2905… el número que me salvó de la desesperanza

Foto de la carta de notificación de la Oficina de Intereses de los EE.UU.

Photo by JESSICA FUENMAYOR

Foto de la carta de notificación de la Oficina de Intereses de los EE.UU.

El 2014 me traerá algo más que un “Happy New Year”. Se cumplirán 20 años desde que Cuba fuera incluida en el sorteo de visas de los EE.UU., el “bombo”, lo que me pone a pensar sobre el suceso que cambió mi vida.

Para los cubanos, los aires que corrían a comienzos de 1994 podríamos resumirlos en una sola palabra: desesperanza. La fuente inagotable de petróleo ruso se había extinguido y como quien vive en una eterna pesadilla, parecería que habíamos regresado a la época de las cavernas, sobreviviendo y luchando por necesidades básicas.

Estábamos viviendo en la capital de una gran ciudad, entre apagones de 12 horas, sin transporte público, sin gas para cocinar y donde encontrar hasta una barra de jabón para bañarse era un engorroso artilugio. El vecindario crecía gracias a los pollitos de tercera clase que el gobierno desechaba de las granjas y que luego vendía para que los ciudadanos criáramos en los balcones de los apartamentos; los más afortunados tenían cerdos criándose en las bañaderas de las casas —y no precisamente por amor a la alimentación orgánica. Después de haber criado a nuestros pollitos por un espacio de 6 meses, Fela, una de las tantas vecinas que me vio crecer, y yo, recibimos el primer huevo que pusieron nuestras dos gallinas con el mismo júbilo que se recibe a un nuevo miembro de la familia. Ella no pertenece ya a este mundo para contarlo, pero igual le agradezco las muchas veces que me cedió su “tesoro” para saciar el hambre de esos últimos meses de embarazo.

También harán exactamente 20 años que llegué a la sala de emergencia pediátrica más cercana, a un hospital (Hosp. Hijas de Galicias, para ser más exacta) del Municipio 10 de Octubre, el municipio de mayor población en Ciudad de La Habana, llevando en brazos a un bebé de 4 meses con asma y neumonía. Fue remitido a una sala de terapia intensiva donde no encontraban una gota de salbutamol para su aerosol, tampoco agujas esterilizadas para inyectarle el único antibiótico disponible, penicilina, ni agua fría, ni caliente…

Y como una consecuencia natural, el '94 fue el año del “Maleconazo”, la manifestación espontánea más numerosa del pueblo cubano en la historia de los Castros…

Vista frontal de la Biblioteca Manuel Cofiño, antigua Capilla del Colegio Maria Auxiliadora, Víbora Park, La Habana, Cuba.

Vista frontal de la Biblioteca Manuel Cofiño, antigua Capilla del Colegio Maria Auxiliadora, Víbora Park, La Habana, Cuba.

Y así un día llegó una noticia, pero ni escrita ni publicada en ningún medio, como por lo general se haría en el resto del mundo. La noticia nos llegó como las conocemos los cubanos, paradójicamente en voz baja retumbando como el eco del tambor… “Los cubanos podríamos participar en una lotería de visas de EE.UU”. El “Sorteo” fue un programa creado por el gobierno de los Estados Unidos para implementar el acuerdo migratorio con Cuba del 9 de Septiembre de 1994.

Pero los cubanos sabíamos muy poco de esos acuerdos, y la desconfianza estaba implícita, “¡eso es una ‘bola’ más!”, me decía mi sentido práctico y prudente de buena capricorniana, es decir, yo no me cuento entre los pocos que ese año le pusieron toda su fe al asunto. Los datos o requisitos eran sencillos pero claves. El encabezado sería el Número de Identidad (cédula) que incluye tu fecha de nacimiento y con el cual estás registrado en todos los documentos oficiales… bastante para desconfiar, pensé yo. Otro requisito sencillo pero no menos importante: los datos requeridos deberían escribirse en el remitente de un sobre de correo y deberían ser escritos a máquina ¿Un sobre de correo? ¿Una máquina de escribir? Hasta eso sonaba utópico en ese momento… Pero mi esposo fue más tenaz y desempolvó una pequeña máquina Olivetti olvidada en un closet que había sido del abuelo Pepe —de esas que solo volverás a ver en los museos— y así llenó 15 sobres, el de él, los de unos pocos familiares, algunos amigos e incluido uno con mi nombre. Y sí, 15 es un número demasiado pequeño comparado con la gran desesperanza de todo un pueblo, pero sé que solo quienes han vivido bajo una represión asfixiante, con miedo y sin fe, entenderán las razones.

Y entre tantos sin sabores, llegó un día de marzo de 1995, durante el cual yo, al igual que otros, estaba tratando de sobrevivir. En la búsqueda de ese sentido de pertenencia como ser social que soy, algo que nos diferencia de los animales. En ese entonces trabajaba en la Biblioteca Municipal de Víbora Park, ubicada en la que en otros tiempos fuera una gran edificación —construida a principios del siglo XIX— que albergara el Colegio y la Iglesia María Auxiliadora de la Congregación Salesiana; un lugar donde, sin conciencia de presencias celestiales, pareciera que todavía hacía honor a su nombre y se respiraba una paz “auxiliadora”.

Todavía en ese momento la edificación conservaba algo de su pasada opulencia arquitectónica: altos techos, una gran cúpula en forma de arco que alguna vez diera morada a una campana y a una cruz de cara al cielo; la fachada con su gran escalinata, gruesas columnas y un gran portal con pisos pulidos que servía de antesala a la gran puerta de madera al estilo de las fortificaciones coloniales.

Ese día, desde la acera escuché con un sobresalto la voz de mi hermana llamando mi nombre. La única explicación que pude encontrar para que ella estuviera allí fue que algo malo le había ocurrido a mi hijo. Me asomé al umbral y desde la altura del portal pude ver a mi hermana, con sus escasas 100 libras, parada al lado de la enorme y pesada bicicleta china, sosteniendo un sobre amarillo en sus manos. Con lo último que le quedaba de aliento, y un instante antes de romper a llorar, dijo: “Te llegó el bombo”.

El número 2905 reescribió mi historia…

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