Aquí entre nos: ¡Qué Banquete!

Columnista Urzula Esponda es dueña de la compañía de catering '4 U to go'. Encuentre sus recetas en: www.facebook.com/4utogo

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¡Qué Banquete! Cuántas veces lo pensé, cuántas veces lo recorrí en películas y programas de televisión, cuántas veces lo quise, pero no cabe duda que no es cuando uno quiere, sino cuando debe de ser y con quien debe de ser… ¡New York lo tenía que conocer en mi cumpleaños y de la mano de el amor de mi vida!

Esta ciudad es un verdadero banquete para los sentidos, hay que caminarla para poder compartir sus secretos, la historia se puede platicar con sus calles. Caminar por el edificio Dakota, te va mostrando fragmentos del muy lamentable día en que John Lennon perdió la vida a manos de un fan. Pasar junto a la caseta de vigilancia donde se refugió hizo que un escalofrío recorriera mi cuerpo. La misma calle nos llevó a continuar la historia en Central Park. Llegamos a Strawberry Fields, esta pequeña sección homenaje a John Lennon, donde nos encontramos con el mosaico circular que tiene la leyenda “Imagine”.

En Central Park el lago estaba casi congelado, los árboles ya no tenían ni una sola hoja, se respiraba el invierno en su totalidad. Foto Sometida por Urzula Esponda

En Central Park el lago estaba casi congelado, los árboles ya no tenían ni una sola hoja, se respiraba el invierno en su totalidad. Foto Sometida por Urzula Esponda

Central Park nos llevó de la mano hasta el Castillo Belvedere, una construcción Victoriana, con todo y su torre, desde donde cualquier princesa podía estar esperando la llegada de su príncipe. Unas escaleras y un par de caminos nos llevaron hasta Bow Bridge, uno de los puentes más famosos de Central Park. El lago estaba casi congelado, los árboles ya no tenían ni una sola hoja, se respiraba el invierno en su totalidad.

La caminata hacia el sur nos fue dirigiendo hacia uno de los lugares que me robaron el aliento… Metropolitan Opera House. Al llegar ahí entre cada escalón se encendió en luz rosa de neón que decía “Welcome”, era como si nos estuvieran esperando. El edificio lo fuimos descubriendo conforme fuimos subiendo las escaleras y al pisar el último escalón la vista se nos inundó con la belleza, elegancia y sofisticación de ese maravilloso edificio y su fuente.

Caminar por China Town es como transportarte a otro continente. Los mercados, los letreros y su comida te hacen sentir como un completo extraño. La calle Mulberry nos llevó a Little Italy, un barrio donde la decoración de sus edificios y restaurantes te hace sentir la nostalgia de aquellas familias italianas que solían vivir ahí. Lower Manhattan nos llevó al City Hall, un edificio digno de la frase “Como lo vio en TV”, de hecho estaban grabando alguna serie de televisión, lo cual nos hizo muy difícil acercarnos. Caminando un poco más llegamos a la entrada del puente de Brooklyn, donde dos arcos de construcción gótica nos daban la bienvenida y mientras caminábamos sus 1.236 millas nos enmarcaba el mejor paisaje para las más extraordinarias fotografías.

Manuel y Urzula. La estación 42 del metro nos llevó a mi primer encuentro con Times Square. Foto Sometida

Manuel y Urzula. La estación 42 del metro nos llevó a mi primer encuentro con Times Square. Foto Sometida

La estación 42 del metro nos llevó a mi primer encuentro con Times Square. Este lugar es una fantasía vivida, donde te puedes olvidar que es de noche, gracias a la cantidad de pantallas de las cuales te encuentras rodeado, es un bombardeo de color. Las calles están inundadas de gente, los flashes de las cámaras parecían luciérnagas revoloteando por todos lados. Y siguiendo eses río de gente fuimos a dar a Broadway Theater District, aquí es como si las marquesinas te llamaran, invitándote a entrar a su espectáculo.

Todos los pronósticos del tiempo avisaron que nevaría y tal como nos fue advertido, una lluvia muy finita anunciaba que la nieve se aproximaba. Mientras caminábamos a paso rápido por Park Avenue para llegar a nuestro destino, la lluvia se sentía como un batallón de alfileres en la cara y el agua del piso se iba convirtiendo en hielo, era algo que yo jamás había visto, así que no perdí oportunidad de “chacualear” y patinar en esas banquetas, hasta que tuvimos a la vista el Grand Central Station. Desde donde estábamos, se podía ver el famoso reloj y al Dios Mercurio indicándonos el camino para el resguardo.

En Grand Central encontré otro lugar que calificaría como mis favoritos, El Mercado de Grand Central. Manuel, sabía exactamente cuánto yo disfrutaría ese lugar, porque como muchos saben, disfruto mucho cocinar y este es el lugar ideal para crear. Al entrar aquí es un festival de olores, ninguno desagradable, se puede distinguir perfecto, el pan, las carnes frías, el pescado, pero uno que me llamó mucho la atención fue el de las especias y los tes… fue como probar montones de platillos.

La lluvia se despidió dejando sola a la nieve. Es una sensación indescriptible ver como tu abrigo se empieza a llenar de copos de nieve y descubrir que todo tu alrededor es de color blanco. Los árboles sostenían nieve en cada una de sus ramas, los coches empezaban a desaparecer debajo de ese manto blanco, las bancas parecían tener el más confortable de los sillones con cojines blancos. Los paisajes de esa mañana ya no eran los mismos. Hay momentos que —como todas las fotografías— duran solo un instante, y yo no quería perderme un segundo.

Y ni la nieve nos detuvo de continuar nuestro recorrido, para ir a dar con el mejor “cheesecake” estilo New York. Mucho había escuchado de este famoso postre y Manuel y yo somos bien conocidos por nuestro buen comer, así que llegamos a Venieros, en East Village, donde se rumoraba que hacían el mejor cheesecake de New York y ¡no estaban equivocados! El primer bocado de ese pastel es una caricia al paladar, tiene la textura más sedosa que jamás hayamos probado, lo saboreamos como si fuera el último que fuéramos a probar en nuestras vidas.

Uno de los lugares obligados a visitar es Financial District. He de confesar que ha sido uno de los momentos más sentidos del viaje, es inevitable recrear imágenes de tremenda tragedia, voltear a ver esas calles tan angostas e imaginarlas desaparecidas bajo una cortina de polvo, voltear hacia arriba e imaginar esos edificios derrumbarse… ¡Fue muy fuerte! Fuimos a las Capillas de St. Paul que se encuentra junto a lo que eran las torres y al entrar se siente una tremenda tristeza, con tantos recuerdos en memoria de los desaparecidos.

El Pier, un lugar con la mejor vista y paisaje (Puente de Brooklyn atrás), un lugar que solía estar lleno de vida y que Sandy se la llevó. Foto Sometida por Urzula Esponda

El Pier, un lugar con la mejor vista y paisaje (Puente de Brooklyn atrás), un lugar que solía estar lleno de vida y que Sandy se la llevó. Foto Sometida por Urzula Esponda

Otro momento sentido fue cuando caminamos hacia el Pier, un lugar con la mejor vista y paisaje, un lugar que solía estar lleno de vida y que Sandy se la llevó, e irónicamente, caminando entre lo que quedó, tomamos las mejores fotos del viaje

Y llego el día de mi cumpleaños, ese día New York conspiró para que me lo llevara en el corazón. Empezamos con un trío de guitarra, trompeta y contrabajo interpretando “Fly Me To The Moon” (Frank Sinatra), mientras bajaba las escaleras del metro para comenzar nuestro recorrido. Ese era nuestro último día, regresamos a lugares que nos gustaron, caminamos por lo poco que nos faltaba y nos preparamos para cerrar con broche de oro… una cena en The View.

La cita era a las 6:30 en The View, restaurante giratorio del Marriot, cerca de Times Square. Una vez en el piso 48 y sentados en nuestra mesa, el clima se vio benévolo y nos permitió echar un último vistazo de despedida, aunque después por el frío todo se cubrió de niebla, lo cual también le dio un toque especial. Esa noche probamos los ¡mejores gnocchis!, acompañados de un syrah y un pastel con su respectiva velita. Saboreé mi cumpleaños hasta el último momento.

Insisto… ¡New York es un banquete para los sentidos! Me quedo con las mejores fotografías mentales, de los más encantadores paisajes; con la maravillosa sensación de la nieve en mis manos, de la afilada lluvia en mi cara; el delicioso sabor de la mejor cena de mi vida, con la música de fondo de los saxofones, guitarras y orquestas que había en sus calles y en el metro, y con la fiesta de olores del mercado de Grand Central.

Como todo buen banquete tenía que terminar, pero me quedo con un gran sabor de boca, que nos obligará a regresar…

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