Aquí entre nos: Derecho de admisión

Columnista Urzula Esponda es dueña de la compañía de catering '4 U to go'. Encuentre sus recetas en: www.facebook.com/4utogo

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Desde muy chica me he caracterizado por platicar con todo el mundo y hacerme amiga hasta del mendigo de la esquina. He sido muy confiada y muy ingenua, y aunque a veces mi sexto sentido ha sido bueno para detectar peligros, algunas otras me ha fallado al no reconocer las verdaderas intenciones de quienes se acercan a mí.

En mi afán por ser amistosa y educada he corrido riesgos tan altos que pude haber sido secuestrada por un turco en París. Afortunadamente también suelo ser tranquila en situaciones complicadas y pude salir del paso, además de tener un ángel de la guarda que hace muy bien su trabajo y hoy puedo estar aquí contándolo.

Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo defectuoso que era mi filtro al escoger a las personas que podían acercarse a mí. Muchas veces bastaba con que me contaran la terrible y triste historia de su vida, para que yo me sintiera totalmente identificada y con la necesidad de ayudar a una persona en desdicha. Era muy fácil sentirme la consejera, porque cuando estas fuera del problema sueles ver las cosas con más objetividad y así fue como me hice rodear de personas truculentas, quienes se hicieron pasar por excelentes amigos, cuando sus verdaderas intenciones eran otras.

Ayer platicando con mi amiga Karla me percaté que no soy la única, que muchos, en diferentes niveles, tenemos esa deficiencia. La plática con Karla me hizo recordar a un psicópata quien fungió como gran amigo. Me atrevo a llamarlo así porque un psicópata tiene un comportamiento adaptivo y pasa inadvertido para la mayoría de la personas. Este hombre tenía una historia triste, pasaba por situaciones sentimentales, no era nada agraciado físicamente y ni su madre lo quería, yo sentía mucha pena por él y decidí darle derecho de admisión a mi vida. Se comportó como el mejor amigo, estuvo en momentos complicados y me tendió la mano cuando lo necesité, siempre se hacía presente. La realidad es que estaba manipulando esperando recuperar esa inversión en el futuro. El problema estuvo cuando vio que todo lo que había invertido se le escapaba de las manos; y trató de manera perversa de utilizar información tergiversada para sabotear lo mejor que me había pasado en la vida —y aún así falló.

Algunos meses después me enteré de todo lo que había intentado hacer y cómo, sin escrúpulos, seguía mintiendo, engañando y manipulando, tratando de desprestigiarme ante amigas mías sin remordimiento alguno. En ese momento me dieron ganas de volver a los años 1800 y tener pistola en mano para batirnos a duelo y arreglar nuestras diferencias a la usanza de aquellos años, pero no me quedó más que enfrentar al cobarde por teléfono, ya que la distancia no me permitía hacerlo cara a cara.

El psicópata es incorregible, y prueba de ello es un mensaje que me mandó hace unos días, sin la menor vergüenza, felicitándome por mí embarazo. Este hombre era muy apegado a una frase “No hacer público, lo privado”... hoy publicando mi columna, te doy el tiro de gracia y me reservo el derecho de admisión.

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