Aquí entre nos: ¡Lo digo porque te quiero!

Urzula Esponda y su mamá Elisa Sandoval. Foto sometida.

Urzula Esponda y su mamá Elisa Sandoval. Foto sometida.

Me supongo que lo que voy a contar no va a ser nuevo para muchos ya que todas las mamás de los ochentas eran parecidas, pero la categoría “Elisa Sandoval” es de la única que tengo registros.

En otras ocasiones he citado las famosas frases de mi madre, porque lo que me impresiona es cómo siempre tenía una para cada situación.

… El recital comenzaba en las mañanas para ir a la escuela y yo no me quería meter a bañar... “¡Te metes o te meto!”. Es importante mencionar, que esta frase tenía una variación “¡Te aplacas o te aplaco!” — ultimátum al que más valía hacer caso inmediatamente o la próxima podía venir acompañada de un pellizco que recordarías por lo menos una semana.

No olvidemos que eran los ochentas y los derechos de los niños no eran conocidos y un pellizco era el menor castigo físico al que podías ser sometido.

De niña, yo no era conocida por ser tranquila, por lo tanto cuando regresaba del colegio mi uniforme no lucía como el de una niña normal y ahí comenzaba el segundo acto... “¿Crees que las cosas me las regalan?”, “¡Vé y cámbiate!”

Una vez cambiada nos sentábamos a comer y ¿qué es lo que veían mis ojos? ¿Cuete mechado? ¡Qué horror! Me chocaba la carne que parecía de cocodrilo. Si la comida no me gustaba, podía pasar horas masticando el mismo bocado y por más cuidadosa que fuera a la hora de esconder la comida masticada bajo la mesa, mi mamá siempre se daba cuenta... “¡Remilgosa!”, “Hay tantos niños que no tienen qué comer!”, “¡Te lo comes!”. Usualmente yo no respondía, solo hacía caras, lo cual provocaba lo siguiente... “¡Vuélveme a voltear los ojos y te los regreso de un chancletazo!”.

En esos días no importaba que tan chico fueras, podías ir caminando a donde fuera y principalmente si hacía falta algo para la comida. Como yo era la mayor, siempre era la elegida para la misión.

Cuando me disponía a hacer mi travesía hacia la tienda, se escuchaba a mi mamá decir... “¡ponte un sweater!”. A lo cual por supuesto no hacía caso y ya una vez en la calle, mi madre se asomaba por la ventana y gritaba a todo pulmón, como si quisiera que la escucharan en Brasil: “¡y me traes el cambio!”.

Era muy común que de regreso de la tienda —con mis botellas verdes de coca-cola— me encontrara a algún vecino, al taquero de la esquina, a un perro o a alguien que necesitara instrucciones para llegar a alguna calle, lo cual demoraba mi regreso mucho más de lo pactado y entonces es cuando me recitaba de las más famosas: “Me tienes con el Jesús en la boca” y tratando de explicar mi demora, continuaba la letanía… “¿Qué? ¿Te mandas sola?”; y si en mi intento de contar lo que había sucedido, yo hablaba al mismo tiempo que ella, proseguía un “¡Cállate y contéstame!”. ¡Oh pues! ¿O me callo o le contesto?

Sé que fui a parar a la oficina de la directora más veces de lo debido, pero cuando la situación ya estaba para preocuparse, era cuando mandaban a llamar a mis papás. Ahí es cuando el tema de “Psicosis” aparecía en escena e imaginabas que las cosas más terribles te sucederían.

Cuando mi papá iba la cosa era más tranquila, pero cuando le tocaba a mi mamá yo sentía que el corazón se me paraba, al escuchar el sonido de sus tacones de diez centímetros y verla venir con su mirada amenazante, sus hombreras como de jugador de football americano, su peinado lleno de spray y decirme... “¡Vas a ver cuando lleguemos a la casa!”.

En el camino de regreso se podía cortar la tensión con cuchillo. Todo estaba en silencio, hasta que ella tomaba aire y me decía “¡Un día me va a dar un torzón de un coraje!”.

La mayoría del tiempo, yo estaba castigada por mi mal comportamiento, pero tenía la idea de que si había visitas, sería más fácil burlar la seguridad de los permisos, pensando en que mi mamá estaba distraída en el chisme con Chelita. Yo pasaba rápidamente por la sala y mientras me acercaba a la puerta anunciaba: “¡Voy con fulanita!” y mi salida era interrumpida con un: “¿Me estás avisando o me estás pidiendo permiso?”. Por lo general mi respuesta era “¡Ay mamá!”, a lo que ella respondía: “¡Síguele y no vas!”. Y yo de nuevo contestaba: “Pero a fulanita sí le dieron permiso” y ella proseguía: “Pues vete a vivir con fulanita, a ver si ahí te aguantan”... Una vez abrí grandes los ojos y me atreví decir: “¿En serio?”, cuando ella volteó con su mirada de fuego y dijo: “¡Lúcete, que hay visitas!” y esa frase puso fin a la discusión y a mi permiso.

Sé que todas estas frases no son exclusivas de mi madre y que a todos nos han dicho “Pásame el ese, que está en la esa”; “Si lo busco y lo encuentro, ¿qué te hago?”; “Deja en paz a tu hermano”, “Esto me duele más a mí que a ti, “¿Qué, hablo en chino?”, “Crees que nací ayer?”, “Porque soy tu madre”; “Si estuvieras en tu casa nada te pasaría”, “Deja que tengas hijos”, “Te voy a dar para que llores por algo” y las dos que me hicieron escribir esta columna... “lo digo porque te quiero” y “un día me lo vas a agradecer”.

Hoy te lo agradezco mucho y sé que nadie me quiere como tú...

¡Te adoro mamá!!

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